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jueves, 19 de mayo de 2016

El momento mas peligroso, la confrontación, correr la cortina.

La reacción más peligrosa (se activan los miedos infantiles) para la que debe usted estar preparado después de la confrontación es, con mucho, que sus padres puedan hacer un último y desesperado intento de deshacer lo que usted les hizo (al nombrar la verdad), utilizando cualquier recurso para castigarlo. Tanto puede ser que le echen sonoramente en cara su traición como que dejen de hablarle. Tal vez lo amenacen con distanciarlo de toda la familia o con excluirlo de su testamento. Después de todo, usted ha violado las regias familiares de silencio y negación, y ha destruido el mito familiar. Se ha definido como un ser aparte, y al hacerlo ha asestado un golpe a la enmarañada e irremediable participación en la chifladura de la familia.
Esencialmente, lo que ha hecho es dejar caer una bomba atómica emocional, y de eso se pueden esperar repercusiones. Cuanto más se enfurezcan sus padres, más tentado se sentirá usted de renunciar a sus nuevas fuerzas y de buscar «la paz a cualquier precio». Empezará a preguntarse si lo que ha salido ganando vale realmente tanto escándalo. Todas sus dudas, reservas y hasta nostalgias por volver al status quo son cosa habitual. Padres como los que usted tiene harán casi cualquier cosa por restablecer el conocido y cómodo equilibrio familiar.
Y pueden ser increíblemente seductores cuando entonan, como sirenas, sus cantos de autoconmiseración, recriminación y culpa. Susan Forward



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lunes, 5 de octubre de 2015

La verdad primero

El odio consciente y reactivo que, como todos los sentimientos, disminuye una vez que nos permitamos experimentarlo. Si logramos reconocer con claridad que nuestros padres nos trataron de modo sádico, inevitablemente se despertará en nosotros la sensación de odio. Como hemos dicho, esta sensación puede suavizarse con el tiempo o, incluso, desaparecer del todo, pero no se solucionará con un único paso. La dimensión del maltrato sufrido en la infancia no se puede comprender de una vez. Es necesario un proceso más largo durante el cual la víctima será consciente de forma paulatina de los diferentes aspectos del maltrato, de manera que el odio pueda aparecer una y otra vez. Un odio que entonces ya no será peligroso, sino que constituye una consecuencia lógica de aquello que sucedió y que el adulto no ha podido comprender en su integridad hasta ahora, pero el niño había soportado en silencio durante años. […] El odio es un sentimiento fuerte y vital, un símbolo de que estamos vivos. Por lo tanto pagamos un precio cuando tratamos de reprimirlo [desviarlo a personas sustitutorias]. Porque el odio desea transmitirnos algo, sobre todo desea hablarnos de nuestras heridas, pero también de nosotros, de nuestros valores, de nuestra forma de vivir la sensibilidad, y debemos aprender a escucharlo y comprender el significado de su mensaje. Cuando lo consigamos no necesitaremos tener miedo al odio. Si odiamos la falsedad, la hipocresía o la mentira, nos otorgamos el derecho de luchar contra ellas, siempre que nos resulte posible, o de alejarnos de aquellas personas que sólo confían en la mentira. Pero si fingimos que no nos importa, estaremos engañándonos a nosotros mismos. Alice Miller




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