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miércoles, 8 de febrero de 2017

El impulso a la vida

Todos los niños quieren vivir, incluso un niño que crece junto a unos padres monstruosos, por eso tiene que creer a toda costa que aquello que ha padecido no constituye toda la verdad. Y, naturalmente hay momentos en los que su violento padre parece cambiar, lo lleva de pesca, por ejemplo, y por unos momentos el niño se siente querido. Cuando después lo utilice como juguete de sus deseos sexuales, tendrá, al fin y al cabo, un buen recuerdo de, por ejemplo, cuando fueron a pescar. Logramos sobrevivir a nuestra infancia de esta forma y la mayoría de las personas intentan vivir sólo con estos recuerdos «positivos», reprimiendo los negativos.
Para el niño pequeño sus padres son como dioses todopoderosos, omniscientes y bondadosos. Siempre. Cuando vive experiencias que contradicen esta imagen, cuando el padre bondadoso le grita o le pega, el niño intenta «explicar» los motivos culpándose a sí mismo para salvaguardar la integridad de esos dioses que necesita para sobrevivir. [..] ¿Qué hacemos entonces con la rabia reprimida? ¿La dirigimos a personas que pertenecen a otras religiones (enemigos) o dejamos que se convierta en enfermedad? Porque no podemos eliminarla, sólo podemos dirigirla a inocentes. Alice Miller


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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Alice Miller una mujer muy valiente

Creo que el dolor más terrible, el que debemos experimentar para ser fuertes emocionalmente, consiste en asimilar que no fuimos queridos cuando más lo necesitábamos. (recordar que no todo es amor, aunque se nos vende socialmente que amor es un peluche con un corazón… muchas veces somos egoístas por no tener la capacidad de amar requiere todo un trabajo interno poder amar, si no lo aprendimos vincularmente) (Ese dolor se parece a una experiencia de muerte o locura o soledad extrema ya que un bebé por ejemplo literalmente muere si no es acariciado… si no ocurre la muerte los mecanismos de superviviencia son extremos, congelamiento o miedo, pensemos que la energía de supervivencia es una fuerza de un poder increíble,podemos llegar a matar en situaciones de supervivencia, se dan cuenta de su poder?, reprimirla equivale a tener una central nuclear a punto de estallar) Es fácil decirlo pero es extremadamente difícil experimentar este dolor, aceptar los hechos y renunciar a la esperanza de que un día mis padres puedan cambiar y llegar a quererme. Al contrario de los niños, los adultos pueden liberarse de esta ilusión -por el bien de su salud y de sus hijos-.(ver la realidad a diferencia de vivir de una ilusión, es doloroso ese proceso) Las personas que realmente quieren conocer su verdad podrán conseguirlo. Y creo que estas personas pueden cambiar el mundo. No tendrán la apariencia de «héroes», puede que se trate de personas muy modestas, pero no me cabe la menor duda de que su franqueza emocional demolerá algún día el muro de la ignorancia, de la negación del sufrimiento y de la violencia.(las personas que se transforman son héroes que suben una montaña mayor que el Everest , héroes anónimos!) El dolor por no haber sido querido es sólo un sentimiento y un sentimiento no es nunca destructivo si se dirige a la persona que ha ocasionado el dolor. (Dirigir significa trabajo interno!) En este caso ni siquiera el odio será destructivo siempre que podamos experimentarlo de forma consciente y no permitamos que estalle a ciegas. (en terapia trabajamos para ser un contenedor amoroso de las emociones, no reprimirlas sino contenerlas tiernamente, aceptación y bondad, no hay emociones buenas o malas. Lo importante es la manera en la que nos relacionamos con esas emociones y la manera de expresarlas) Pero el odio sí puede ser destructivo y también peligroso para uno mismo y los demás si lo reprimimos y lo descargamos con cabezas de turco.(chivos expiatorios, sabías que los que mayormente hacen cyberbullying fueron víctimas previamente de bullyng en situaciones de escuela y demás ?) Alice Miller
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lunes, 17 de octubre de 2016

Elegí ser padre, por amor

,primero a mi pareja, luego deseando a mis hijos, planificando la familia, y amando a mis hijos como un proceso de descubrir y conocer que son personas únicas con sus propios deseos y necesidades.(..)

¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber? Un niño no es un juguete, ni un gatito (los animales también requieren cuidado,respeto y amor), sino un puñado de necesidades que necesita mucha dedicación para poder desarrollar sus potencialidades. Si no se está dispuesto a brindarle esa dedicación, no hay que traerlo al mundo. Alice Miller
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lunes, 5 de septiembre de 2016

Depresión

La depresión es el precio que el adulto paga por renunciar a sí mismo. Siempre ha tenido que preguntarse qué es lo que los otros necesitan de él y, por esa razón, no sólo descuida sus sentimientos y necesidades más profundas, sino que ni siquiera es capaz de reconocerlas. Pero el cuerpo sí las reconoce e insiste en que la persona experimente sus sentimientos reales y auténticos y se permita expresarlos. Esto que parece tan elemental no lo es para aquellas personas a quienes sus padres utilizaron cuando eran niños para satisfacer sus propias necesidades. […] La depresión no es más que la huída de todos los sentimientos que nos harían revivir las heridas de la infancia. Así, en los afectados se desarrolla un vacío interior. Cuando es necesario evitar a cualquier precio el sufrimiento emocional, en el fondo no queda mucho más con lo que sostener las ganas de vivir. Uno puede rendir de forma extraordinaria en el ámbito intelectual, pero en su interior estará simplemente sobreviviendo, como un niño que no ha madurado en el terreno emocional. Alice Miller



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martes, 30 de agosto de 2016

Un buen chirlo a tiempo....evita el mal futuro.


¿Están los padres más informados en la actualidad? Muchos sí, pero un buen número carece todavía de estos conocimientos y, todavía hoy, igual que hace cuatrocientos años, ven su ignorancia refrendada por supuestas autoridades.Sólo que se utilizan otros términos. Ya no se habla del demonio en relación con la educación, sino de los «genes».
Si la Biblia o el Corán hubiesen prohibido de forma explícita la violencia contra los niños podríamos mirar con mayor esperanza hacia el futuro. Pero por desgracia las autoridades espirituales al mando se niegan terminantemente a concienciarse de nuevos hallazgos de vital interés sobre los peligros de la violencia en el cerebro infantil. No se les ocurre en absoluto interceder por un trato respetuoso a la infancia, y, en consecuencia, por el futuro de la humanidad, porque a todos ellos, y como anteriormente a Martín Lutero, a Calvino y a numerosos filósofos, sólo les importa proteger y enaltecer la imagen inmaculada de su propia madre. Es la imagen idealizada de la madre, que supuestamente actuaba con corrección cuando castigaba sin piedad a sus niños. Al mismo tiempo que utilizan bellas palabras para escribir sobre el amor, se niegan a ver cómo la capacidad de amar se destruye ya desde la infancia. […] «No queremos pegarte, pero debemos hacerlo para expulsar el Mal que llevas dentro desde que naciste.» Así pensaban los padres en la época de Lutero y así hablaban a sus hijos. Lutero les decía que era su obligación liberar a su hijo del demonio, para convertirlo en una persona piadosa y bondadosa. Los padres lo creían. No sabían que a Martín Lutero, cuando era niño, su madre lo castigaba estrictamente y sin piedad y que, por esta razón, defendía semejante educación, para conseguir la imagen de una persona buena y cariñosa, una imagen que sólo podía crear gracias a la represión de sus verdaderos sentimientos. […] no sabían que en lugar de expulsar al demonio de su hijo inocente estaban esparciendo con sus palizas la «semilla del mal» en un ser inocente. Alice Miller


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lunes, 1 de agosto de 2016

Alice Miller

Así, por ejemplo, Robert, de treinta y un años, no podía, cuando niño, estar triste ni llorar sin sentir que iba sumiendo a su querida madre en una atmósfera de infelicidad y de profunda inseguridad, pues la «alegría serena» era la cualidad que a ella le había salvado la vida en su niñez. Las lágrimas de sus hijos amenazaban con romper su equilibrio. Sin embargo, ese hijo sensibilísimo sentía en sí mismo todo el abismo oculto tras las defensas de aquella madre, que de niña había estado en un campo de concentración y jamás le había mencionado este hecho. Sólo cuando el hijo se hizo mayor y pudo hacerle preguntas, ella le contó que había estado entre un grupo de ochenta niños que tuvieron que ver cómo sus padres eran conducidos a la cámara de gas. ¡Y ninguno de aquellos niños había llorado! Durante toda su infancia, el hijo había intentado ser alegre y sólo podía vivir su verdadero Yo, sus sentimientos y premoniciones, a través de perversiones compulsivas que, hasta el momento de la terapia, le habían parecido extrañas, vergonzosas e incomprensibles.
Estamos totalmente indefensos frente a este tipo de manipulación durante la infancia. Lo trágico es que también los padres se hallarán a merced de este hecho mientras se nieguen a contemplar su propia historia. Sin embargo, en la relación con los propios hijos se perpetúa inconscientemente la tragedia de la infancia paterna cuando la represión sigue sin resolverse. Alice Miller




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lunes, 18 de julio de 2016

Alñice Miller: El valor de la indignación

»Las personas que hayan descubierto su pasado, que hayan aprendido en la terapia a esclarecer sus sentimientos y analizar sus verdaderas causas, no estarán ya sometidas a la compulsión de descargar su ira sobre seres inocentes para así ahorrársela a quienes se hubieran hecho merecedores a ella. Estarán en condiciones de odiar lo aborrecible y amar lo que sea digno de amor. Ya que se atreven a averiguar quién ha merecido su odio, podrán orientarse en la realidad sin ser víctimas de la ceguera del niño maltratado, que no puede hacer daño a sus padres y, por lo tanto, necesita chivos expiatorios. El futuro de la democracia depende de este paso adelante del individuo. Apelar al amor y a la razón será inútil mientras estos pasos para esclarecer los sentimientos sigan siendo obstaculizados. Es imposible combatir el odio con argumentos; hay que comprender su origen y utilizar un instrumental que permita su desaparición. Alice Miller


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jueves, 14 de julio de 2016

“Era lo que pudiera decirse una chica mala”

, dijo Eleanor valientemente, tratando de no llorar pero al mismo tiempo obviamente sobrecogida por la vergüenza de haber tenido que admitir su sensación de “maldad” a su terapeuta. “No sé como mis pobres padres pudieron aguantarme. Yo era todo un caso, ¡de verdad! Pero ¿tenemos que repasar todo eso? En realidad no tengo muchos recuerdos. De todas maneras, ¡estoy aquí para tratar mis ataques de ansiedad, no mi niñez! Eso se acabó”. Su perturbada madre la aporreaba periódicamente durante su adolescencia, y constantemente la acusaba, desde los diez años, de ser promiscua, llamándola “prostituta” o “puta” comparándola con sus “buenas” hermanas. En realidad, Eleanor era una joven altamente moral que permaneció virgen hasta su matrimonio a los diecinueve. Stephanie Donaldson-Pressman, Robert M. Pressman



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lunes, 4 de julio de 2016

Alice Miller, el perdón de las injusticias padecidas.

Hay que perdonar las injusticias padecidas, dice la religión: sólo entonces seremos libres para amar y quedaremos libres de odio. Esto es en sí mismo correcto, pero ¿dónde encontrar el camino hacia el verdadero perdón? ¿Puede hablarse de perdón si a duras penas sabemos lo que realmente nos hicieron y por qué nos lo hicieron? Y sin embargo en esta situación nos hemos visto todos cuando éramos niños. No podíamos comprender por qué nos humillaban, abandonaban y amenazaban […] Más aún, ni siquiera nos permitían darnos cuenta de todo lo que nos hacían, porque nos elogiaban esos malos tratos como medidas necesarias para nuestro bien. Ni el niño más perspicaz podrá captar semejante mentira si procede de los labios de sus queridos padres, quienes, después de todo, también le muestran otras facetas entrañables. Creerá que el tipo de tratamiento que le aplican es realmente correcto y bueno para él, y no les guardará rencor por ello. Solo que, cuando sea adulto, hará lo mismo con sus propios hijos para demostrarse a sí mismo que sus padres actuaron debidamente con él. Alice Miller


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lunes, 27 de junio de 2016

Alice Miller, la historia de nuestra niñez

El acceso a la historia de nuestra niñez nos proporciona la libertad de sernos fieles, es decir, de reconocer y experimentar nuestras emociones y actuar conforme a nuestras necesidades, esto nos garantizará la salud y también relaciones auténticas y reales con nuestros allegados. Dejaremos de despreciar nuestro cuerpo y nuestra alma, de descuidarnos o incluso de tratarlos de la misma forma -con impaciencia, mal humor y humillaciones- con la que nuestros padres trataban al niño pequeño, que todavía no podía hablar ni dar explicaciones. […] Ningún medicamento podrá informarnos sobre los orígenes de nuestro conflicto o nuestras enfermedades. Un medicamento sólo puede enmascarar estas causas y mitigar el dolor –durante cierto tiempo-. Pero las causas, que nunca hemos llegado a reconocer, siguen estando activas y continúan enviándonos señales. Alice Miller


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lunes, 13 de junio de 2016

El fanatismo

Toda ideología ofrece la posibilidad de descargar colectivamente los sentimientos reprimidos conservando a la vez el objeto primario idealizado, que se transfiere a nuevas figuras autoritarias o al grupo entero como sustituto de la simbiosis -ya perdida- con la propia madre. […] Como toda ideología tiene a su vez un chivo expiatorio fuera de su extraordinario grupo propio, aquel niño débil y despreciado desde siempre, escindido, que pertenece al Yo pero que jamás pudo vivir realmente en él, podrá ser nuevamente despreciado y combatido. Alice Miller



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lunes, 6 de junio de 2016

La muerte del verdadero yo. Alice Miller

"Si, de niño,Kurt hubiera tenido la posibilidad de manifestar sus decepciones con respecto a la madre, es decir, de vivir también sentimientos de ira y rabia, habría permanecido vivo. Pero esto hubiera llevado a la madre a retirarle su amor, lo cual para un niño equivale a la muerte. De modo que «mata», pues, su ira y con ella un trozo de su propia alma, a fin de conservar a la madre. De esta dificultad de vivir y desarrollar sentimientos propios y auténticos, resulta una permanencia de la ligazón que no permite delimitación alguna. Pues los padres han encontrado en el falso Yo del niño la aprobación que buscaban, una sustitución de la seguridad que les faltaba, y el niño, que no ha podido construir seguridad propia alguna, sigue dependiendo de sus padres, primero conscientemente y luego a nivel inconsciente. El niño no puede confiar en sentimientos propios, no ha hecho ninguna experiencia en ese campo, desconoce sus verdaderas necesidades y es un perfecto extraño ante sí mismo. En esta situación no puede separarse de sus padres, y también en la edad adulta dependerá constantemente de la aprobación de las personas que representen a los «padres», tales como parejas, grupos y, sobretodo, sus propios hijos. Los herederos de los padres son los recuerdos inconscientes y reprimidos que nos obligan a ocultar profundamente el verdadero Yo ante nosotros mismos. Y así, a la soledad en la casa paterna, seguirá el posterior aislamiento dentro de nosotros mismos." Alice Miller




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lunes, 30 de mayo de 2016

La experiencia de volar libremente...

El deseo de acceder al verdadero Yo, algo tan justificado como indispensable para la vida, induce al drogadicto a castigarse a sí mismo como en su primera infancia fueron castigados sus impulsos vitales iniciales: matando su espontaneidad vital. Como todo heroinómano afirma haber experimentado al principio sentimientos de una intensidad desconocida hasta entonces. Esto le hace ver más claramente aún la insipidez y el vacío de su vida emocional habitual.
Como es incapaz de pensar que esta posibilidad pueda existir también sin la heroína, empezará el comprensible deseo de repetir su experiencia. Pues en esos estados de excepción el joven descubre lo que hubiera podido ser y toma contacto con su propio Yo, encuentro éste que, como es de suponer, no volverá a dejarle en paz mientras viva. No podrá seguir actuando en la vida como si, en cierto modo, su Yo nunca hubiera existido. Ahora sabe que existe. Pero sabe así mismo, desde su más tierna infancia, que este Yo verdadero no tiene oportunidad alguna de vivir. De ahí que llegue a un acuerdo con su destino: poder encontrarse de vez en cuando con su Yo sin que nadie se dé cuenta. Ni siquiera a él mismo le está permitido saberlo, porque es la «droga» lo que «realiza la experiencia»: el efecto viene «de fuera» y es difícil conseguirlo, nunca llegará a ser parte integrante de su Yo, y él mismo jamás podrá ni tendrá que asumir responsabilidad alguna por estos sentimientos. Esto lo demuestran los intervalos entre un «chute» y el siguiente: la apatía total, el letargo, el vacío o la inquietud y el miedo… el chute pasa como un sueño que se olvida y no puede tener ningún efecto sobre la totalidad de la vida. Alice Miller



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lunes, 23 de mayo de 2016

Alice Miller: El padre todopoderoso perfecto

El prestigio del padre es alimentado a menudo por atributos que, desde la perspectiva de sus hijos, sin duda alguna posee: unicidad, grandeza, importancia y poder. Pero no por otros que le faltan, como sabiduría, bondad, valor. Si el padre abusa de su poder reprimiendo en el niño la capacidad crítica, sus propias debilidades permanecerán ocultas tras esos sólidos atributos. Podrá decir a sus hijos lo mismo que Adolf Hitler decía con la máxima seriedad a sus contemporáneos: “¡Qué gran suerte es para vosotros tenerme!”. […] Así pues, cuando aparece un hombre y empieza a hablar y a comportarse como el propio padre, hasta el individuo adulto olvidará sus derechos democráticos o no se dará cuenta de ellos, se someterá a aquel hombre, lo aclamará, se dejará manipular por él, depositará en él su confianza y, por último, se entregará a él sin reservas y no será consciente de su esclavitud, como no somos conscientes de todo cuanto signifique una prolongación de nuestra propia infancia. Alice Miller



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