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viernes, 11 de noviembre de 2016

Podemos cambiar

En la búsqueda de superar los traumas, no podemos cambiar en lo absoluto nuestro pasado, ni anular los daños que nos hicieron en nuestra infancia. Sin embargo, nosotros sí podemos cambiar, “repararnos", recuperar nuestra identidad perdida. Y podemos hacerlo en la medida que podamos observar más de cerca el saber almacenado en nuestro cuerpo sobre lo ocurrido en el pasado y aproximarlo a nuestra conciencia. Esta vía es, sin duda, incómoda, pero es la única que nos ofrece la posibilidad de abandonar por fin la cárcel invisible, y sin embargo tan cruel, de la infancia, y dejar de ser víctimas inconscientes del pasado para convertirnos en seres responsables que conozcan su historia y vivan con ella. La mayoría de la gente hace justo lo contrario. No quieren saber nada de su propia historia, y, por consiguiente, tampoco saben que, en el fondo, se hayan constantemente determinados por ella, porque siguen viviendo en una situación infantil no resuelta y reprimida. No saben que temen y evitan peligros que en algún momento fueron reales, pero dejaron de existir hace tiempo. Son personas que actúan impulsadas tanto por recuerdos inconscientes como por sentimientos y necesidades reprimidas que, a menudo y mientras permanezcan inconscientes e inexplicadas, determinarán de forma pervertida casi todo lo que hagan o dejen de hacer. S Donaldson-Pressman, R M. Pressman



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martes, 26 de enero de 2016

La perdida del potencial.

Probablemente debido a la forma en que se han desarrollado las culturas y las civilizaciones humanas, solamente en raras ocasiones se recupera uno de los efectos de una experiencia de angustia. 
En su lugar, el residuo de la información, mal asimilado y derivado de una mala experiencia, permanece almacenado erróneamente. De ello resultan dos efectos importantes: 
El primero de ellos es cuantitativo. En términos sencillos: no somos tan inteligentes como lo éramos antes de que la experiencia de angustia depositara en nosotros aquel residuo de información errónea. Parte de nuestra vasta inteligencia original, “tamaño genio” se encuentra ahora obstruida, inoperante.
No es solamente que ahora haya una cierta zona de experiencia donde ya no pensemos con mucha inteligencia. Esto es cierto, pero asimismo hay un descenso general de nuestra capacidad de pensar flexiblemente, de manejar bien nuestro medio ambiente.
Este efecto cuantitativo no se nota cuando somos aún jóvenes. Por lo visto, tenemos mayor capacidad de lo que generalmente requerimos y por eso no echamos de menos la porción perdida durante nuestra juventud.
El efecto cuantitativo, sin embargo, se dejará sentir posteriormente en nuestras vidas. A medida que las varias experiencias de angustia se van acumulando y van siendo reforzadas por el proceso de restimulación (noción que será discutida luego) se podrá observar el crecimiento de la falta de capacidad de pensar. Harvey Jackins



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