martes, 20 de octubre de 2015

La muerte no pone fin a la deificación de estos padres destructivos (ni a sus efectos)

Es más: puede acentuarla.
Por más difícil que sea reconocer el daño causado por un padre (o por una madre) que aún vive, lo es infinitamente más acusarlo una vez ha muerto. Un poderoso tabú se opone a que se critique a los muertos, como si estuviéramos pateando a un caído. Como resultado, la muerte confiere una especie de santidad incluso al más cruel de los torturadores. La deificación de los padres muertos es casi automática.
Lamentablemente, mientras un padre o una madre «de estos» están protegidos por la santidad de la tumba, quienes le sobreviven siguen cargando con los resabios emocionales. «No se habla mal de los muertos» puede ser un venerable lugar común, pero con frecuencia bloquea toda posibilidad de hallar una solución realista a los conflictos con los padres muertos.SUSAN FORWARD


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lunes, 19 de octubre de 2015

Las semillas de amor dan sus frutos.

Del hecho de que todo agresor haya sido anteriormente una víctima no se desprende que toda persona que haya sido maltratada tenga que acabar necesariamente maltratando a sus hijos. 
No tiene por que ser oligatoriamente así, pues puede que ese individuo, en su infancia, tuviera ocasión de recibir de otra persona -aunque sólo fuera una vez- algo que no fuera educación ni crueldad: un maestro, una tía, una vecina, una hermana, un hermano. Sólo la experiencia de ser querido y apreciado permite al niño identificar la crueldad como tal, percibirla y rebelarse contra ella. Sin esa experiencia le es imposible saber que en el mundo pueden existir otras cosas además de crueldad; sin esa experiencia, seguirá sometiéndose a la crueldad, y más tarde, cuando, ya adulto, disfrute del poder, la ejercerá él también, como si fuera algo completamente normal.
»Sobre todo el proceso, pues, se cierne el silencio del olvido, y se idealiza a los padres, hasta el punto de creer que jamás han cometido un error. «Y si me pegaban, sería porque me lo merecía». Esta es la versión más corriente de las torturas dejadas atrás. Alice Miller


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viernes, 16 de octubre de 2015

El arte de mantener la bicicleta en equilibrio.

La esencia de esta disciplina de equilibrio es saber renunciar. 
Recuerdo la primera lección al respecto que recibí una mañana de verano cuando tenía nueve años. Acababa de aprender a montar en bicicleta y estaba probando animadamente hasta qué punto llegaban mis nuevas habilidades. Más o menos a un kilómetro de mi casa el camino presentaba una pronunciada pendiente; descendiendo aquella mañana por la colina, experimentaba el aumento de velocidad como un éxtasis. Frenar y renunciar a ese éxtasis me parecía un absurdo proceder. Decidí mantener la velocidad y tomar con cuidado la curva que empezaba al terminar la pendiente.
Mi éxtasis se esfumó a los pocos segundos cuando me vi proyectado a unos tres metros fuera del camino entre los arbustos.
Tenía rasguños, sangraba y la rueda delantera de mi nueva bicicleta se había retorcido por el choque contra un árbol.
En aquella ocasión perdí el equilibrio. Mantener el equilibrio es una disciplina precisamente porque implica renunciar a algo y eso siempre resulta penoso. En ese caso, yo no había querido renunciar a la velocidad que me embriagaba a fin de poder mantener el equilibrio al llegar a la curva. Aprendí, sin embargo, que perder el equilibrio es en definitiva más doloroso que renunciar a algo para mantenerlo.
De un modo u otro ésa ha sido una lección que he tenido que continuar aprendiendo durante toda mi vida. Tal y como hace, por otra parte, todo el mundo, pues para tomar las curvas y esquinas de nuestra vida debemos abandonar continuamente partes de nosotros mismos. La única alternativa a esta renuncia es no avanzar en modo alguno en nuestro viaje vital. Podrá parecer extraño, pero la mayor parte de las personas eligen esta alternativa, en lugar de seguir avanzando por el viaje de la vida, y todo para evitar la penosa experiencia de desembarazarse de partes de ellas mismas. Si esto parece extraño se debe a que no comprendemos la profundidad del dolor que entraña semejante renuncia. En sus formas más graves, la renuncia es la experiencia humana más penosa. Hasta ahora sólo me he referido a formas menores de renuncia: sacrificar la velocidad de la bicicleta, el lujo de estallar en cólera, Consideremos ahora lo que significa renunciar a ciertos rasgos de la personalidad, a esquemas de conducta bien establecidos, a ideologías y hasta a estilos de vida. Éstas son formas mayores de renuncia, necesarias si uno pretende avanzar muy lejos por el camino de la vida.
M. Scott Peck





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jueves, 15 de octubre de 2015

Aflojando poco a poco la estructura

De repente, tengo ante mí a otro Patrick. Su ego parece caer desde toda su altura y el aire se hace más respirable. Patrcik parece achicarse en su sillón delante de mí. Veo que aparece un cuerpo de sufrimiento, un cuerpo encarnecido. Las emociones afloran en la superficie de su piel. Ha relajado su cuerpo construido y está en contacto con su dolor. Me veo obligada a hacer una respiración profunda, para sobreponerme. Siento un mundo de sufrimiento, acumulado durante años bajo la coraza de protección del cuerpo construido. M:L Labonté



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miércoles, 14 de octubre de 2015

Yo he incurrido en algunas conductas terribles contra mis hijos.

Y les han causado (y me han causado) un dolor considerable.
Ningún padre o madre puede estar siempre emocionalmente accesible. Es perfectamente normal que los padres les griten en ocasiones a sus hijos, y la mayoría de ellos alguna vez -sólo alguna- les sientan la mano.
(no significa que sea una buena conducta amorosa, para nada, es una descarga de frustración personal!) 
Crees, que estos fallos los convierten en padres crueles o indeseables?
Evidentemente, no. Al fin y al cabo, los padres son humanos, y tienen montones de problemas. Y la mayoría de los niños pueden superar algún que otro estallido de cólera, siempre que normalmente reciban todo el amor y la comprensión necesarios para contrarrestarlos. (hay una diferencia fundamental y es que al cometer errores podemos darnos cuenta, prestar atención al sufrimiento en nuestros hijos y cambiar, reconociendo los errores, hablando del tema abiertamente, permitiendo la crítica y las emociones en todos, sí,en todos los miembros de la familia sin exclusión ) (también hay que tener presente que determinadas conductas violentas son muy dañinas y es preferible pedir ayuda lo antes posible)
Pero hay muchos padres cuyas pautas de comportamiento negativas son constantes y se convierten en una influencia dominante en la vida de un niño. Éstos son los padres a los que nos referimos, los padres que dañan a sus hijos.
Cuando buscaba una expresión para designar lo que tienen en común estos padres que dañan, la idea que me acudía insistentemente a la cabeza era la de un tóxico. Como una toxina química, el daño emocional infligido por padres así va impregnando todo el ser de su hijo, y a medida que el niño crece, también crece el dolor. No se me ocurre mejor palabra que tóxico* para designar el efecto de «esos» padres que sin pausa infligen traumas a sus hijos, maltratándolos y denigrándolos, y que en la mayoría de los casos siguen haciendo lo mismo cuando los hijos ya son mayores. S.FORWARD

martes, 13 de octubre de 2015

¿Qué nos hace enfermar?

Los legos en la materia objetan constantemente que hay personas que tuvieron una infancia difícil sin por eso ser neuróticas, mientras que otras, educadas dentro de lo que se denomina “circunstancias favorables”, enferman psíquicamente. Esto nos haría pensar en una predisposición innata y pondría en tela de juicio la influencia de la casa paterna. El pasaje antes citado nos ayuda a comprender cómo este error puede surgir en todos los estamentos de la población. Las neurosis y psicosis no son, pues, consecuencias directas de frustraciones reales, sino la expresión de traumas reprimidos. Sobre todo si la tarea consiste en educar a niños de manera tal que no se den cuenta de lo que se les impone o se les quita, de lo que pierden en todo ello, de lo que en otras circunstancias hubieran sido y de lo que en general son, y si esta educación empezó lo suficientemente temprano, el adulto sentirá más tarde, a pesar de su inteligencia, la voluntad del otro como si fuera la suya propia. ¿Cómo podrá saber que su propia voluntad fue quebrantada si nunca le permitieron realizarla? Y, sin embargo, podrá enfermarse de todo esto. Si, en cambio, un niño ha podido experimentar hambre, huidas o ataques aéreos sintiendo que es tomado en serio y respetado como una persona independiente por sus padres, no acabará enfermando debido a estos traumas reales. Tendrá incluso la oportunidad de recordar estas experiencias (que han sido acompañadas por personas amigas) y enriquecer con ellas su mundo interior. Alice Miller



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viernes, 9 de octubre de 2015

Psicoterapia; movimiento expansivo

Ahora podemos comprender el elemento esencial que determina la eficacia y el éxito de una psicoterapia. No es «la mirada positiva incondicional» ni las palabras y técnicas mágicas; son la participación y el interés humanos: el terapeuta debe estar dispuesto a extender sus límites a fin de fomentar el desarrollo del paciente, y debe estar preparado para enfrentarse con el paciente y consigo mismo. En definitiva, llegamos a la conclusión de que el factor primordial para alcanzar el éxito en la psicoterapia, es el amor. M. Scott Peck


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