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martes, 16 de agosto de 2016

Miedo a la propia rabia


En definitiva, la rabia (biológicamente) trata de un deseo urgente de matar. [...]
Cuando uno es inundado por la rabia, las partes frontales del cerebro "se desconectan". por el desequilibrio extremo, la capacidad de dar un paso atrás y observar las emociones propias se pierde; más bien uno se convierte en esas emociones y sensaciones. Como consecuencia, la rabia puede tornarse extremadamente abrumadora, causando pánico y el sofoco de ese tipo de impulso primitivos, dirigiéndolos hacia adentro y evitando una salida natural de la reacción de inmovilidad. Mantener esa represión requiere un gasto tremendo de energía. Esencialmente, uno está haciendo a uno mismo lo que los experimentadores (laboratorio) han hecho a animales para reforzar y prolongar su inmovilización. Los individuos traumatizados repetidamente se asustan a sí mismos a medida que van saliendo de la inmovilidad. La "inmovilidad potenciada por el miedo" es mantenida desde adentro . El circulo vicioso de sensación/rabia/miedo intensos traba a la persona en la respuesta biológica del trauma. Un individuo traumatizado está literalmente preso, asustado y restringido repetidamente- por sus propias reacciones fisiológicas persistentes y por el miedo a esas reacciones y emociones. Este círculo vicioso de miedo e inmovilidad (también conocido como inmovilidad potenciada por miedo) evita que la respuesta alguna vez se complete y resuelva totalmente tal como se da en los animales salvajes. Peter Levine


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miércoles, 30 de marzo de 2016

Sentir ira

El equilibrio es lo que nos da flexibilidad. En todas las esferas de actividad se necesita una extraordinaria flexibilidad si uno desea alcanzar el éxito. Para considerar sólo un ejemplo,
tengamos en cuenta la cuestión de la ira y su expresión. La ira es una emoción engendrada en nosotros (y en organismos menos evolucionados) por incontables generaciones a fin de favorecer nuestra supervivencia. Experimentamos ira o cólera cuando comprobamos que otro organismo intenta invadir nuestro territorio geográfico o psicológico o cuando trata de someternos de una manera u otra. Esta emoción nos lleva a devolver el golpe. Sin nuestra cólera, estaríamos retrocediendo continuamente hasta ser aplastados y exterminados. Sólo con el enfado podemos sobrevivir. Sin embargo, muy a menudo tenemos la impresión inicial de que otros se están entrometiendo en nuestras cosas, pero después de un examen más atento nos damos cuenta de que ésa no era la intención que tenían.
También puede darse el caso de que, al advertir que alguien está invadiendo nuestro terreno, nos demos cuenta de que, por una razón u otra, no nos conviene responder con ira.
En general, cuanto más afectados por la ansiedad, la culpabilidad y la inseguridad, más difícil resulta esta tarea. Por ejemplo, trabajé con una mujer esquizofrénica de treinta y dos años para quien fue una verdadera revelación enterarse de que hay algunos hombres a los que no debería dejar pasar de la puerta de la calle, otros a los que podía hacer entrar en el salón pero no en su dormitorio, y, finalmente, algunos a los que podía introducir en su dormitorio. Antes, la paciente se había comportado según un sistema de respuesta por el cual o bien dejaba entrar a todo el mundo en su dormitorio, o bien (cuando esta respuesta no parecía dar resultado) no les permitía pasar de la puerta de la calle. De esta manera fluctuaba entre una promiscuidad degradante y un árido aislamiento. M. Scott Peck




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lunes, 9 de noviembre de 2015

Abrazar lo que sentimos

A mí me extrañaría que un terapeuta me prometiese que iba a conseguir liberarme de sentimientos como la rabia, la ira o el odio después de la terapia (posiblemente gracias al perdón). ¿Qué clase de persona soy si no puedo reaccionar con rabia o ira ante la injusticia, la insolencia, la maldad o ante un cretino arrogante? ¿No estaría mutilando mi capacidad de sentir? Si la terapia me ayuda, durante el resto de mi vida podré tener acceso a todos mis sentimientos, pero también seré capaz de acceder de manera consciente a mi historia y comprender así la intensidad de mis reacciones. Esto permitiría que esta intensidad se redujese relativamente rápido, sin dejar las graves cicatrices en mi cuerpo que en general produce la represión de las emociones que conservamos de modo inconsciente.
En terapia puedo aprender a comprender mis sentimientos, a no condenarlos, a observarlos como mis amigos o protectores, en lugar de temerlos como a un enemigo contra el que tenemos que luchar. […]
No son nuestros sentimientos los que constituyen un peligro para nosotros o para nuestro entorno, sino la separación existente entre nosotros y nuestros sentimientos producidos por el miedo que éstos nos generan. Alice Miller





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martes, 2 de junio de 2015

Estos adolescentes !!!.

A veces, en los hogares de los adolescentes indisciplinados, el problema no reside en la ausencia de alguna clase de disciplina por parte de los padres. Normalmente estos niños son castigados con frecuencia durante toda la infancia: son abofeteados, víctimas de puñetazos y puntapiés, son golpeados por sus padres por cualquier pequeña infracción. Semejante disciplina no tiene sentido porque es una disciplina indisciplinada.
Una de las razones por las que carece de sentido es que los propios padres son indisciplinados y, por lo tanto, sirven como modelos de indisciplina a sus hijos. Son los padres que dicen «Sigue mis instrucciones, no mi ejemplo».
A menudo se emborrachan en presencia de los hijos y se pelean ante ellos sin dignidad, racionalidad ni contención. A veces su aspecto es descuidado y sucio.
Con frecuencia hacen promesas que luego no cumplen. Su propia vida es a menudo confusa y caótica, tanto que sus intentos por ordenar la vida de sus hijos no parecen a éstos muy razonables. Si el padre pega regularmente a la madre, ¿qué sentido tiene para un chico que su madre le pegue porque él ha pegado a su hermanita? ¿Tiene algún sentido decirle que debe aprender a controlar sus impulsos? Dado que cuando somos pequeños no poseemos la capacidad de comparación, nuestros padres son figuras semejantes a dioses a nuestros ojos infantiles. Cuando los padres hacen las cosas de una forma determinada, el niño cree que ésa es la manera de hacerlas, la manera en que ellos deberían hacerlas. Si un niño ve que sus padres se conducen día tras día de manera disciplinada, contenida y digna, y muestran la capacidad de ordenar su propia vida, el hijo llegará a sentir en las más profundas fibras de su ser que así es como hay que vivir. Si un hijo ve que sus padres viven sin freno día tras día, llegará a creer hasta en las fibras más profundas de su ser que ésa es la manera en que hay que vivir. M. Scott Peck


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martes, 19 de mayo de 2015

La madre que enferma también existe...

Es una situación frecuente. El estado enfermo de la madre le da a ésta, al parecer, un poder ilimitado sobre la conciencia de su hija adulta, y lo que ella misma no pudo conseguir de su madre cuando era pequeña, la presencia y los cuidados, puede conseguirlo con facilidad chantajeando a su hija y logrando sistemáticamente que se sienta culpable. Alice Miller.





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miércoles, 13 de mayo de 2015

Sentir la rabia

Parece que ahora usted se atreve a ser consciente de la existencia de esos miedos que tenia almacenados en su cuerpo, porque ahora, por primera vez se puede permitir experimentarlos.
Cuando era niño sobrevivió a la pesadilla, sin ser capaz de nombrarla. Ahora , como adulto, tiene la oportunidad de superarla, experimentando la rabia e indignándose por la crueldad sufrida. Está bien que se comporte así, pues todo cuanto sentimos en forma consciente y somos capaces de articular con palabras no necesitará expresarse a través de síntomas físicos. Alice Miller







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